—¿Para que no se me ocurriera la idea de morir de amor por ti, te encargaste al dia siguiente de que te odiara? Pero eso fue realmente... ¿como lo diria?... muy caballeroso de tu parte —me incline hacia adelante y le aparte el mechon rebelde de la cara—. Realmente muy caballeroso.
(Esmeralda, 315)