domingo, 24 de marzo de 2013

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Lo miró un tiempo largo, en silencio, tratando de reconocerlo detrás de toda la rabia, detrás el tiempo. Pensó que era hermoso; sus ojos y su pecho amplio. Pero no lo dijo.

Las primeras frases, banales, sin propósito. Amigos comunes, lugares comunes. Él empezó a contarle algo que le había sucedido en los días de su ausencia. Ella escuchaba paciente, aunque muy dentro sabía que nada le importaba esa nueva historia que no le pertenecía, que de alguna forma odiaba saberlo lejos de sí para todo lo que sucedería en el futuro; sin embargo escuchó su voz, no lo que las palabras decía, la misma voz que un día había dicho: “Yo sin ti no sé vivir”. Pensó, todavía amo su sonido, su boca al hablar. Pero en lugar de decirlo pretextó que no tenía mucho tiempo y que era mejor hablar de una vez, resolver los asuntos pendientes, para eso se habían reunido.

Él no pudo disimular la sorpresa. Con dolor descubrió en ella una nueva máscara, dura, inflexible, distante. Quiso decirle que aun así era bella, pero se contuvo.

Ella vio en sus ojos el dolor y sintió lástima. Pena de no encontrar las palabras adecuadas, no quería herirlo. Pensó en la fragilidad, en lo débiles que se habían vuelto los dos ante ese obligado olvido. Hizo un esfuerzo y logró recordarlo antes, mucho antes, cuando cenaban en la casa con familia o con amigos. Recordó los códigos secretos, gestos privados que lo decían todo, su mirada cómplice. Ya no había eso en sus ojos, su mirada estaba hacia dentro, tan hacia dentro que hacía daño verla.

Hablaron de libros, de autores y con cuáles se quedaría cada quien, sonrieron al descubrir sus gustos tan iguales, con los discos fue lo mismo y los muebles a nadie le importaban. Miles Davis, Caetano, los cuentos completos de Borges, la poesía de Sabines, fue fácil, el problema consistía en dividir la memoria, divorciar los recuerdos.

Sintió profundamente que iba a olvidarlo. Que un día amanecería sin pensar demasiado en él y otro día, y otro, hasta transformarse en un recuerdo dulce, indoloro, como fotos de un viaje que se ha hecho: borrosos los lugares, confusas las imágenes. Pensó, un día te recordaré alegremente y entonces todo se habrá terminado. 

Nadie habló de amor ni tampoco del dolor de la pérdida, nadie dijo todavía te necesito, aunque lo pensaron los dos, aferrados cada uno a la distancia como si fuera aquélla la única forma de salvarse. Y así se protegieron de los nombres y olvidaron las palabras, ya no se hablaba de nosotros, ya no se mencionaba el futuro, cada uno entregado al esfuerzo inútil de no sentir nada.

Ella hubiera querido abrazarlo, pero los brazos no pudieron... Hubiera querido decir alguna cosa, pero no le nació ninguna palabra para ser nombrada. 


(Fragmento: El otro lado, Laura Santullo)